Es que soy otra

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Un movimiento inexplicable seguido de una torpe reacción me llevaron instintivamente a donde Isaac nos indicaba: la escalera de servicio. Aquella a la que nunca llegué. En cuestión de segundos se apagó la luz, me sentí cubierta de tierra, sin voz y con la respiración cortada. Tuve miedo.

Por: Lucía Zamora (@SoyYoLucy

Antes del S19

“Es que soy otra”, escribí un par de días antes del S19. “Uso tenis en vez de tacones, camino en vez de andar en cuatro ruedas, ya no me preocupa el peinado perfecto y tomo menos azúcar. Me hice amiga de la soledad y liberé mis demonios”. Y es que este año ha sido particularmente duro, mi entorno cambió, yo también cambié y apenas me estaba ordenando, tomando vuelo. “Es que me siento otra porque ya no soy hija, ni nieta, ni mamá; ni siquiera dueña de un perro”.

Este escrito quedó sepultado junto con un pedazo de mí y quizá con parte del dolor que plasmaba en esas letras. Era parte de mi primer proyecto literario que trabajaba en un taller de escritura en la colonia Roma, al que iría luego de trabajar unas horas en Álvaro Obregón 286, mi oficina remota.

Tras una mañana agitada, llegué al edificio; el simulacro me sorprendió justo cuando hacía un trámite en el banco y comenté con la muchacha de junto: “ya estamos ciscados”. Todo era igual, aunque las calles más ruidosas y caóticas de lo normal. Caminé por la colonia café en mano, subí las escaleras, me senté en mi escritorio, saqué mi compu y a trabajar. 

Durante el S19

Es que sí soy otra. Descubrí mi fuerza, aquella que yo misma sepultaba, sin aceptarla, sin mirar. La escondía sobre falsos escombros de dolor e insistía en traer demonios del pasado. En tantas horas de profunda oscuridad y silencio, en la penumbra de la incertidumbre, entre polvo y lágrimas, reconocí mi fortaleza. Física y mental. Mi cuerpo respondía y apenas dibujaba unos rasguños. Mi mente estaba determinada a luchar contra la voz interna que sugería un escenario fatalista. Pensé: “Si estoy ilesa bajo toneladas de cemento perfectamente acomodadas a mi alrededor, es porque afuera hay algo para mí”. Se lo cuestioné una y otra vez a Dios, incluso le exigí una respuesta.

Aquel día me sentía abrumada por tantos pendientes que parecían no acabar. Observé a Isaac pasar y le pregunté: ¿Qué me trajiste? Una coworker me saludó y comentó: “Amiga me sentí muy alta, quizá sean mi tacones”. Contesté: “Además yo traigo tenis”. Reímos. Vi pasar a un par de compañeros con poca atención por seguir sumergida en mi quehacer. Tomé el último trago de café y me serví un vaso de agua con pepino y limón. Hice un post en Facebook pidiendo una recomendación.

Tembló. Un movimiento inexplicable seguido de una torpe reacción me llevaron instintivamente a donde Isaac nos indicaba: la escalera de servicio. Aquella a la que nunca llegué por el violento movimiento que cimbraba a la tierra, al edificio, a la gente. En cuestión de segundos se apagó la luz, me sentí cubierta de tierra, sin voz y con la respiración cortada. Tuve miedo.

Me sucedió aquello que jamás pasó por mi mente porque nos creemos inmunes ante las tragedias, ante el cambio, ante el movimiento, ante el poder del universo. Librar tantas batallas en mi vida siempre ha jugado el doble rol de creerme exenta de más dolor o bien, de sentirme vulnerable a todo. Pero yo estaba ahí, sepultada, incrédula, ansiosa. No entendía nada ahí abajo. Tuve todas las emociones y sensaciones posibles en cuestión de segundos. Mis instintos y la adrenalina salieron a mi auxilio. “¿Estás bien? ¿Estás herido?” Le preguntaba a Isaac. Nos ubicamos física y mentalmente en aquella nueva realidad. Una realidad donde tener los ojos abiertos o cerrados daba igual. Las sensaciones del cuerpo pasaban a segundo plano. Yo sentía un ambiente frío por estar rodeada de concreto, pero no era insoportable. Era peor verme inmersa en éste, con poca movilidad y gritos que se apagaban. Con silencios que parecían eternos.

Hicimos lo que tocaba: rezar, llorar, dudar, creer, gritar, aceptar. Nos hicimos compañía en silencio. Y juntos, juntos celebramos la voz milagrosa que nos preguntó: ¿Quién está ahí? Dígannos sus nombres. 

Después del S19

Es que sí soy otra porque un edificio se desplomó sobre mí. Qué más dan los tenis o el peinado… cosas menores. Soy otra porque me atreví a derrumbarme y a reconstruirme: me atreví a vivir.

Aquel derrumbe me dejó lecciones de vida que aún descubro y abrazo. No tengo prisa y fluyo. También lloro y me abrumo. También estoy feliz de contarla. También a mí me impresiona mi sonrisa aquel día en que un hermoso cuerpo de rescate me devolvió a la vida. Aquel día que volví a reír y abrazar a mi hermana. Aquel día que me atreví a dejar el dolor bajo tierra para vivir así… sonriendo.

¿Que en qué creo? ¿Que si recé? Creo en Dios, en la fuerza de las palabras, en la determinación, en las enseñanzas de Buda, Jesús y otros tantos maestros. Creo en el amor y la compasión. Creo en la naturaleza y el universo; en el poder del cuerpo y de la mente. Creo en mí. Creo en las segundas oportunidades y en que tarde o temprano las respuestas llegan.

* Lucía Zamora se encontraba en el edificio de Álvaro Obregón 286 el pasado 19 de septiembre cuando tembló. No alcanzó a salir y fue rescatada 36 horas después.

FUENTE: Animal Político, publicado el 3 de octubre de 2017, http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2017/10/03/es-que-soy-otra/

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