Un fiador es un tonto con pluma

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Por Francisco Monroy

Se dice que “un fiador es un tonto con pluma”.  Yo te pregunto: ¿alguna vez has firmado como fiador de alguien? ¿Cómo te fue? ¿Estarías dispuesto a firmar hoy como fiador? ¿Firmarías por alguien que no es familiar tuyo, que no es tu amigo? ¡Vamos! ¿Por alguien a quien no conoces?

Eso es lo que hace una afianzadora y, así expuesta, su actividad resulta incomprensible e inexplicable: dedicarse, como profesión económica, a ser fiador. Es así como una afianzadora viene a ser “un tonto con pluma elevado a la n potencia”. 

Pero bien dicen que las apariencias engañan. El quehacer de una afianzadora no es ser crédulos, pero sí es confiar y dar confianza a los demás. Y lo hace amparándose mediante una técnica especializada: el análisis de la capacidad de cumplimiento de una obligación. Esta capacidad se analiza desde 4 aspectos fundamentales: fama pública; capacidad jurídica; capacidad técnica y capacidad económica.

Una vez concluido este análisis, se puede prever razonablemente la posibilidad de cumplimiento que tiene el deudor frente al acreedor de la obligación principal. Es entonces cuando la afianzadora puede decidir confiar o no en un cliente.

Ahora bien, existen imponderables –como el hecho de que a pesar de las previsiones, el obligado pueda fallar-, por los cuales la afianzadora solicita garantías de recuperación. Éstas no aseguran el cumplimiento pero al menos pueden ser útiles en caso de que algo salga mal.  Una vez que la afianzadora confía en su cliente, a los conocimientos y patrimonio del deudor se suman la fama, los conocimientos y el patrimonio (con todas sus reservas creadas) de la afianzadora.

Un fiador es un tonto con pluma, pero también es un amplificador del potencial y la capacidad de un empresario. Eso es una afianzadora. 

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